Foto: semana.com

25 marzo 2022

“Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas. Tengo un sueño, que mis cuatro hijos pequeños podrán vivir en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el valor de su carácter”

Discurso de Martin Luther King en Washington, 28 de agosto de 1963

Han pasado 56 años desde que la ONU declaró el Día Internacional de la Discriminación Racial, a raíz del asesinato de 69 personas a manos de la policía de Sharpeville, Sudáfrica, por protestar contra el apartheid el 21 de marzo de 1960.

En Colombia, los descendientes africanos han sido invisibilizados y excluidos durante siglos. Desde que miles de personas esclavizadas llegaron al país producto de la trata trasatlántica e incluso después de la formación del estado nación en 1810 y la abolición de la esclavitud en 1852, el racismo estructural ha seguido vigente. En las escuelas, los medios de comunicación, las iglesias y otros espacios, se ha replicado una y otra vez, consciente o inconscientemente, el imaginario de la persona negra como un ciudadano de segunda categoría.

Aunque la Constitución de 1991 incluyó los derechos de la población afrocolombiana e indígena en los artículos 7 y 13, es desalentador escuchar la ola de comentarios de racismo y discriminación racial que ha desatado la escogencia de las fórmulas vicepresidenciales: Francia Márquez, por el Pacto Histórico; Luis Gilberto Murillo, por la Coalición Alianza Verde Centro Esperanza; Ceferino Mosquera, por el Movimiento Colombia Piensa en Grande; y Sandra de las Lajas, por Colombia Justa Libres. En redes sociales y medios de comunicación se han menospreciado las capacidades de estos candidatos y, por lo tanto, se ha despreciado a toda la población negra.

Como único concejal afrocolombiano de Bogotá, celebro que la población que represento por fin llegue a la Casa de Nariño. En años pasados, llegar a la vicepresidencia había sido casi imposible para una persona negra: hoy, este es un sueño que se va haciendo realidad, a paso lento, pero seguro. Las personas afrocolombianas no pedimos que se nos regale nada, sino que se nos mida con el mismo rasero que a los demás y que se nos brinden las mismas oportunidades.

Es hora de reparar daños y emprender acciones afirmativas para equilibrar la balanza. Todos los colombianos, sin distinción de género o raza, debemos tener la oportunidad de arrancar de un mismo partidor en términos de educación, empleo y bienestar.