25 marzo 2022

En el marco del Día Internacional de Rememoración de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos, quiero compartir este breve texto que desnuda a profundidad las consecuencias que aún hoy se viven por este flagelo histórico. El caso que se presenta a continuación es solo uno de los cientos que viven nuestros docentes en Colombia. Un saludo fraterno a su autora, la profesora Yesenia Daza.

El color de la muerte

Anderson falleció “por primera vez” el sábado 4 de mayo de 2019 a la madrugada, cuando cinco jóvenes mayores que él lo agredieron con machetes hasta dejarlo tendido en el suelo de una de las calles de Sierra Morena, con los brazos destrozados, dos heridas en la cabeza, una en el rostro y con la mano cercenada. Quizá si hubiese sabido manejar un arma, el cuento sería otro.

            Se hizo el muerto para que no le siguieran propinando machetazos y esperó hasta que sus agresores estuvieron lo suficientemente lejos para levantarse, recoger su mano y caminar por las calles en busca de ayuda. Tres cuadras después, lo recogió una patrulla de policía y lo llevó al Hospital de Meissen. Allí, todavía consciente, dio el número de su mamá y se desplomó.

            Lo intervinieron varias veces tratando de salvar lo que quedaba de sus brazos. Perdió el derecho. Los machetazos fueron tantos que el hueso quedó totalmente destrozado. El izquierdo lo enyesaron tras varias cirugías de reconstrucción, esperando poder recuperar un porcentaje de la movilidad. Las heridas de la cabeza y el rostro las cerraron y parecía que no habían sido tan profundas como para causar otro tipo de daños.

            Para este tiempo, un año atrás, Anderson se había convertido en uno de los estudiantes más propositivos del grado 502, jornada tarde, del Colegio José Joaquín Castro Martínez, Sede A.  Se quedaba en los descansos a estudiar lo que no había entendido. Participaba en todos los proyectos que se gestaban en su curso. En muy poco tiempo, se convirtió en el líder más positivo que tenía la clase.

            Disfrutaba mucho de su tiempo en el colegio, pese a ser un estudiante “extra-edad” (tenía 14 años cuando ingreso a grado quinto, después de estar en un aula de aceleración del aprendizaje), su adaptación al grupo fue buena desde la primera semana. Tuvimos unos meses maravillosos hasta agosto, cuando su madre empezó a ir al colegio con la petición de enviar a Anderson con la policía de menores, porque según ella, él se iba de la casa y duraba varios días en la calle.

            Yo ya estaba al tanto de la situación, pero no era como lo planteaba la señora. Desde siempre, ella había sido una madre agresora y poco comunicativa. A Anderson y a James (los hijos que le dejaría tener Bienestar Familiar), los había recuperado hace apenas unos años. Con James nunca fue tan fuerte como con Anderson. A él lo agredía verbal, psicológica y físicamente con más ahínco y frecuencia. Lo echaba de la casa. Le negaba la comida. Y a él no le quedaba más opción que buscar cobijo en casa de algún familiar o de algún amigo.

            Los meses que restaban del año escolar fueron terribles. Cada día era una lucha, una batalla de Anderson contra la coordinadora, la orientadora, la mamá, la calle, el hambre. Perdió el interés por estudiar. Perdió la alegría. La fe.

            Las muchas veces que recibí a la mamá en el colegio, le escuché decirle a su hijo “Por qué no te morís, Anderson. Me tenés mamada” o “Yo sólo estoy esperando la noticia”. “¿Cuál noticia, mamá?” “Pues que lo mataron, porque qué más se puede esperar de él”.

            Proféticas palabras las de la señora. Veintiún días después de que agredieran a Anderson en las calles de Sierra Morena y tras una semana de coma inducido, para tratar una fiebre que no sabían por qué se generaba, volvió a morir, pero esta vez, para siempre.

            Lo mantuvieron en medicina legal hasta el jueves en la mañana, porque según el reporte médico, realizado al momento de la muerte, Anderson tenía podrido el brazo bajo el yeso que le habían puesto. Así que se dictaminó que era negligencia médica.  

            Después de luchar muchos días para conservar su vida, Anderson murió por su color de piel, por sus características fenotípicas, por su dialecto. Se desplazó a Bogotá tras la ola de violencia en Buenaventura y encontró la primera muerte en manos de los suyos, peleando por territorio entre pandillas locales y la muerte definitiva en manos del personal médico del Hospital Meissen y de la UCI infantil del Hospital Tunal al que fue transferido cuando le indujeron el coma. Los médicos no hicieron los protocolos de atención y cuidado suficientes porque el niño era un negro, desplazado, macheteado con una mamá analfabeta y sin ninguna representación legal no negra.

            Después de la muerte del niño, los maestros del colegio realizaron varios comentarios racistas: “Pero, era negro”; “Esos negros son así”; “No te preocupes, tú le alargaste la vida un año”; “Acostúmbrate, no va a ser el único, esos negros solucionan todo así”; “Pero, es que ese niño iba mal, se la pasaba con esos negros de la esquina”. Allí creció mi indignación y mi total repudio contra los argumentos que construimos para validar la desigualdad social.